Pues lo cierto es que, después de más de un año sin vernos, porque, dicho sea de paso, él no quiso (con el consiguiente daño que eso me hizo), lo que menos me podía imaginar es que volver a encontrarme con él no significase absolutamente nada para mí.Después de lo importante que fue esa criatura durante tanto tiempo; después de los ratos juntos, de las risas, de aquella movida en la que se vio envuelto, donde necesitó todo el apoyo del mundo y en la que a mí no se me ocurrió dejarlo solo ni un segundo... Pues después de todo eso, él desapareció sin mayores historias. Intenté acercarme un millón de veces, sin obtener respuesta por su parte. Y cuando conseguí hablar con él, me mató literalmente. -"Este no es el momento, Lourdes"-. No lo saqué de ahí, porque esa frase me la repitió hasta siete veces, y en cada una de ellas, el corazón se iba rompiendo cada vez más. Me acuerdo perfectamente de aquel momento, vaya.
Aquella fue la última vez que hablamos, y yo no volví a molestarle más.
Y pasó un año. Y yo sabía que era cuestión de tiempo que nos volviésemos a ver, y que nos cruzásemos por la calle cualquier día. Y el día llegó...
No sentí nada. Ni siquiera me alegré de verle. Quizás dejó de dolerme hace tiempo, y este día sólo sirvió para terminar de confirmármelo. Pero lo cierto es que me dio igual...
Supongo que yo ya no necesitaba que me explicase el por qué de su ausencia; ni el por qué de las llamadas que no me hizo, o de los mensajes que no me envió. Ni siquiera el por qué de las promesas incumplidas y de su falta de consideración. Sí, porque él era muy consciente del daño que me estaba haciendo la situación, y pasó olímpicamente de amortiguarla.
Lo que sí es cierto es que, cuando me vio, no supo qué cara ponerme. Yo creo que debería habérsele caído allí mismo, al suelo, de vergüenza o de algo. Pero no. Me di cuenta de que no tiene de eso, así que...
Él:-"¡Hombre, Lourdes! ¿Cómo estás?"-.
Yo:-"(Como si te importara a ti eso, vamos). Bien, ¿y tú?"-.
Él:-"Bien, también. Ahí vamos, a tomarnos unas cervezas"-.
Yo:-"(Como si eso me importase a mí, vaya). Ya... Yo he quedado a comer con unos amigos"-.
Él:-"¿Y cómo está tu familia?"-.
Yo:-"(A mi madre ni se me va a ocurrir decirle que te he visto. No quiero darle el día). Bien, ¿y la tuya?"-.
Él:-"Bien... Bueno, que me alegro de verte"-.
Yo:-"(Sí, seguro...) Vale, hasta luego"-.
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Y eso fue todo. Quizás ya me di cuenta en ese momento de que, a pesar de todo lo que significó para mí en su día, no valía tanto la pena como yo pensaba. Es triste, pero es así.
Y además conseguí darme cuenta de que por fin me había curado del todo con este tema y había podido renacer de las dichosas cenizas. Esto, sin duda, lo mejor.
Por supuesto, el tema que definió esta historia no podía ser otro, claro.











