Imposible olvidar el abrazo que me regalaste aquella noche, cuando ya por fin estábamos solos. Todavía me estremezco con sólo recordarlo.
Y es cierto que luego me diste (te di) muchos más, sí. Pero aquél fue el primero de todos, el que calmaba todos los nervios, el que abría la puerta, el que nos tranquilizaba a los dos después de tanto tiempo, de tanta incertidumbre, de tanta espera...
Fue una décima de segundo en la que yo terminé de decirte lo que estaba hablando, en medio de nuestra conversación trivial; y tú, que en ese momento me dabas la espalda, te giraste para mirarme.
Ninguno de los dos se movió. Ninguno de los dos dijimos nada. Sólo nos miramos en silencio. De pie, el uno frente al otro.
Tampoco sé cuánto tiempo estuvimos así, pero de pronto y sin saber muy bien cómo, me encontré entre tus brazos, rodeándote con los míos.
Y es que no sé quién fue el que dio el paso. Y ya digo que ni siquiera sé cómo llegué hasta allí. Pero lo que sí entendí ya, en aquel preciso instante, es que mejor sitio no podría encontrar nunca. Descubrí mi sitio favorito en el mundo.
Y fue mientras me acariciabas la espalda, que toqué el cielo con las manos. Que el Universo entero se paró durante un tiempo que a mí se me antojó eterno. Pero es que, ya ves, tampoco imagino un lugar mejor que tus brazos para que eso ocurra.
Y no soy capaz de saber exactamente cuánto duró aquello, porque perdí la noción y eso nunca me había pasado. Pero de algo sí que estoy convencida: En medio de todo aquel silencio, atronador como sólo el silencio puede ser, eran nuestras almas las que hablaban, las que se contaban secretos, las que se ponían al día...
Porque yo siempre he tenido claro que ellas se entienden muy bien, que se conocen desde el principio. Es más, es que estoy totalmente segura de que se conocían ya desde mucho antes de que nos conociéramos tú y yo. Lo que nunca me podía imaginar era que se echasen tanto de menos.

