martes, 26 de agosto de 2008

El arte de no acertar


Me he dado cuenta de que siempre buscamos la aprobación. Todo lo que hacemos y todo lo que decimos tiene un fin específico, y la persona que tenemos enfrente tiene que saber valorarlo o apreciarlo, porque de lo contrario se corre el riesgo de cometer un error.

Sí. Se corre el riesgo de perder la confianza, de perder la complicidad, de perder la comunicación... Incluso, de perder la amistad. Y, es que, estoy convencida de que las amistades nunca se pierden de golpe. Ni siquiera de un día para otro... Se van deteriorando poco a poco hasta que ya no tienen remedio. Seguramente, por detalles que no gustan y molestan, pero que no se aclaran ni se hablan, y se van acumulando.

Y es que, suele pasar que, por muy bien que intentemos hacer las cosas, siempre nos equivocamos. Intentamos agradar a todo el mundo, cuando todos sabemos y es perfectamente evidente, que eso es imposible. Y por supuesto, fracasamos.

Lo que es realmente triste es que, para vernos, tengamos que mirarnos con los ojos de los demás. Lo ideal sería ser siempre nosotros mismos, sin importarnos lo que el resto del mundo pudiera pensar. Hacer lo que creemos que es mejor, sin pensar en que vamos a tener a media humanidad detrás de nosotros, recriminándonos todos nuestros actos... Vamos, hacer lo que se supone que tenemos que hacer, sin pararnos a pensar en que después vamos a ser objeto de halagos y cumplidos o, por el contrario, de críticas y juicios. Sí, porque está claro, que hagamos lo que hagamos, nunca vamos a acertar. O lo que es peor: Hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente y siempre esperan más... Siempre exigen más...

El problema es que, desde siempre, desde que nacemos, nuestra educación se ha ido basando en la aprobación. Siempre hemos necesitado que las personas más allegadas a nosotros, nos dijeran lo bien que habíamos hecho las cosas. Y, claro, ya no las hacemos porque estén bien o porque sea así como se deben hacer, no. Las hacemos esperando no decepcionar o no defraudar a la familia, a los amigos, a los profesores, a los jefes (!)... Sin embargo, ya ha quedado bastante claro que nunca acertamos.

Y, cuando yo fui consciente de que nunca podría acertar con todo el mundo, decidí que por lo menos, intentaría acertar conmigo, y hacer las cosas como yo las creyera oportunas. Sí, tal y como me las dictase el corazón, la conciencia, la moral... Mis principios... Pero claro, entonces, me tacharon de egoísta, de "borde", de estúpida o de "ir a mi bola". ¿Ves? Si la cuestión era no acertar, ¿qué le vamos a hacer?

Personalmente, estoy cansada de todo esto. Y no es cansancio físico, qué va. Es cansancio emocional. Pero, cansancio al fin y al cabo. Lo que pasa es que el cansancio físico es más fácil de mitigar. Se descansa y punto. Pero con el cansancio emocional no es tan sencillo. A veces cuesta superarlo y quizás sólo se consiga en parte. Nunca se llega de nuevo al cien por cien de estabilidad y de equilibrio. Y es que, si siempre haces las cosas bien, ya no te puedes permitir el lujo de tener un mal día y fallar. No, porque sólo se darán cuenta del momento en el que te equivoques, y lo que hayas hecho hasta ese día, no le importará a nadie. Es cierto, cuando te pasas la vida intentando hacer las cosas bien, nadie se da cuenta y nadie lo valora. Sólo reparan en el día que tienes un mal momento y sale algo mal. Entonces a nadie se le olvidará jamás. ¿Es o no es para cansarse?

Frasecilla célebre del día: "Para que la gente te quiera, tienes que hacer siempre las cosas bien. Para que te odien, no hay que hacer absolutamente nada". (H.J.S.)

lunes, 18 de agosto de 2008

V I C T O R I A!!!


Sí, lo conseguimos!

Después de tres meses desesperando de esperar; perdiendo la fe y la paciencia a ratos; escuchando "Quién fuera" una y otra vez; y con la incertidumbre a flor de piel en cada momento, por fin puedo decir que lo hemos conseguido. Y sí, hablo en primera persona del plural porque, a pesar de que el vencedor ha sido una sola persona, ahora mismo estaba pensando en todas las criaturicas que hemos estado ahí, día tras día, pendientes del desenlace. Así que, en realidad, esto ha sido una victoria colectiva, como si todos hubiésemos sido uno sólo...Y de hecho, el corazón era uno sólo, en el que todos llevábamos a la misma persona...

Me alegra pensar que todo, absolutamente todo, ha servido para algo. Aunque, si bien es cierto que lo realmente importante sucedía el 28 de julio, todo lo que ha habido alrededor ha sido, cuanto menos, "esclarecedor". E, incluso, hasta gratificante. Y es que, estaba claro que todos necesitábamos hacer algo, por insignificante que fuera. Y tb estaba claro, que todos sabíamos que él se lo merecía, así que...

Las miles de firmas ("...por su profesionalidad y trato cordial..."); la manifestación ("...el pueblo está contigo..."); la concentración ("con la seguridad..."); el apoyo continuo de todo el mundo... Hasta las noches sin dormir, los ratos de ansiedad y los días de "bajón" han valido la pena después de todo...

Y es que, personalmente, a mí me arrancaron un trozo en mayo. Fue así, literalmente. Recuerdo que el día que me enteré de la historia, me quedé sin aire, como si hubiese empezado a respirar por un sólo pulmón. El estómago se me encogió de tal manera, que no había forma de hacerle llegar nada. Menos mal que ahí estaba él para intentar calmarnos a todos los demás. Que, digo yo, ¿no se trataba de que los demás lo animásemos a él? Si es que no puede ser, vaya...

Pues eso. Que no ha habido ni un sólo momento en estos meses en el que, ésta que escribe, no haya tenido presente toda la historia. Porque era lo primero que pensaba al despertarme y lo último que me rondaba la cabeza al dormirme... No podía evitarlo. -"¿Dónde estára?", "¿Cómo irá todo?", "¿Estará bien?"-.

Total, que desde aquel día de mayo hasta ahora sólo han pasado tres meses, pero a mí me han parecido tres años. Es evidente que el tiempo pasa volando cuando lo estás pasando bien, pero cuando no...

Y, bueno, a pesar de los pesares, podemos contar con la victoria, que ya no nos la quita nadie. Yo ya lo dije alguna vez: "La razón sólo tiene un camino", y cualquiera podía darse cuenta de eso. Hasta un juez, que se supone que debe ser justo...
Me lo ha dicho un amigo no hace mucho: "Todo río vuelve a su cauce", aunque, eso sí, en algún momento el río se haya "desparramado" más de la cuenta...

Frasecilla célebre del día: "... Pero hay los que luchan toda la vida; esos son los imprescindibles". (B.B.)

jueves, 14 de agosto de 2008

Dorian Gray


Hay que ver el montón de cosas que vamos perdiendo conforme cumplimos años, ¿eh? Sí, porque ahora te pones a hablar con un crío, y te das cuenta de que es muy fácil hacerlo porque no tienes que andar con pies de plomo, ni estar a la defensiva, buscando la doble intención a cada frase, como tenemos que estar el resto del tiempo. Pero los niños aún no gastan de eso. Suelen ser muy inteligentes, sí, pero la maldad todavía no ha surgido en ellos. Viven en un mundo ideal, sin presiones, sin malos rollos, sin movidas... Y nosotros ya hemos olvidado todo eso.
Cuando crecemos, y se supone que maduramos, nos cuadriculamos de tal manera que no somos capaces de ver la simpleza de las cosas. Todo lo complicamos de una forma sistemática, y le damos tantísimas vueltas a todo, que ya somos incapaces de encontrar una solución válida. Y seguramente, la solución es la cosa más sencilla que nos podamos imaginar. Pero eso ya no nos sirve. Quizás por orgullo, por cabezonería, o simplemente, por no quedar mal con el resto de la humanidad.

Los niños para eso tienen una lógica aplastante. Sí, porque ven las cosas tal y como son, sin mayores historias, y de esta manera, hablan, argumentan y preguntan. Pero siempre con la lógica del que tiene la mente clara y lúcida, sin borrones ni manchas, como si conocieran todas las verdades universales.

La sinceridad de cuando somos niños (una de las mejores cosas que tenemos en la infancia) tb la vamos perdiendo y se torna en diplomacia. O quizás, en sentido común (gracias, Wiza). Aunque está claro que, a veces, los críos tienen más sentido común que la mayoría de la gente. Y evidentemente, no es que ya no digamos lo que pensamos, es que ahora lo "suavizamos" y procuramos decirlo de manera que no genere conflictos, haga daño o pueda provocarnos algún problema. O lo que es peor: No lo decimos porque nos da vergüenza que alguien sepa lo que pensamos o lo que sentimos. Los críos no sienten vergüenza nunca de decir las cosas, de preguntar, de afirmar... Son ellos mismos siempre, naturales y sin prejuicios.

Y creo que a todos nos pasa igual siempre. Si miramos a un niño a los ojos, somos capaces de vernos reflejados en ellos, y conforme ese niño va creciendo, va perdiendo ese brillo tan característico. Va dejando atrás la inocencia, la ingenuidad, esa chispa de naturalidad y de espontaneidad. Se olvida de la sinceridad, y deja de decir siempre lo que piensa. Y es que, en este mundo en que vivimos, no se puede decir siempre lo que se piensa, y aparece la hipocresía. Aparece el orgullo... Es triste, pero es así. Son muchas cosas las que perdemos por el mero hecho de crecer. Pero porque tenemos que aprender a vivir en "el mundo real", con sus diferentes reglas y motivaciones...

Y lo primero que se pierde siempre es la inocencia. Y eso ocurre el día que recibimos el primer "palo" doloroso de verdad. El día en el que se nos cae el mundo al suelo y nos damos cuenta de que no todo es tan bonito ni toda la gente tan buena... Ése es el día en el que "crecemos", y en el que nuestra alma empieza a mancharse y emborronarse. Sí, al igual que con el retrato de Dorian Gray. Y lo peor es que ya no hay marcha atrás...
Puedo recordar perfectamente la fecha en la que yo me hice mayor y perdí mi inocencia. No se me olvidará nunca aquel 19 de mayo de 1993 (otro 19 de mayo nefasto). Porque es cierto que antes de eso yo era más optimista, más alegre, más confiada, menos susceptible, no tenía problemas con mi conciencia ni conflictos emocionales, y tampoco tenía por qué pensar que nadie iba a venir a hacerme daño. Vamos, que era feliz, vaya. Pero después de aquel día, empecé a "prestar más atención", a desconfiar, a ser más intolerante, más exigente, más rencorosa, más insegura, más borde... Aquel día dejé de ser yo y todavía no he conseguido olvidarlo. Así es...
Y, a partir de ahí, nos pasamos la vida intentando volver a recuperar nuestra alma de niño. Cosa imposible de conseguir, dicho sea de paso.
Frasecilla célebre del día: "He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: Un niño" (J.H.)

jueves, 7 de agosto de 2008

"Ya no puedo estar sin él"...


Creo que la mía fue una de las últimas generaciones que no nacimos con un móvil o un pc debajo del brazo. Nosotros vinimos con nuestro pan, como hasta entonces se había venido, tan inocentes y tan felices. Pero, claro, ahora que nos encontramos inmersos en pleno siglo XXI, en plena era de la información y de la comunicación, hemos tenido que ponernos al día a marchas forzadas. Y es que actualmente, todo, pero absolutamente todo, necesita de un ordenador para funcionar... Lo necesitas para estudiar, para trabajar, incluso, para jugar o para hablar con los amigos... Y si al menos fuera para hablar con gente que está lejos, pues mira. Pero qué va. Solemos hablar a través del dichoso ordenador con la persona que tenemos a nuestro lado. ¿Es o no es triste?

Para las generaciones más recientes de criaturicas, que ya traían su propio ordenador incorporado cuando nacieron (o, al menos, el librillo de instrucciones para aprender a usarlo antes de aprender a hablar), la cosa no ha sido muy complicada. No han tenido que vivir la situación de adaptación que hemos tenido los demás. Se han encontrado el mundo así. Y es así, tal y como ellos lo conocen. Y ya no lo conciben de otra manera. No sabrían qué hacer sin ordenador, sin móvil, sin mp3, sin PDA, sin blackberry (o era blue, la dichosa berry...? No sé, con estas cosas ya me pierdo).

Eso sí, nunca sabrán lo que es buscar información para hacer un trabajo pasando las hojas de una enciclopedia. Digo, por favor, con lo fácil que es poner la palabra en la barra del buscador... Anda, anda... Menuda pérdida de tiempo lo de leer un libro... Y en realidad, siempre se trata de eso: De no perder nunca más tiempo del necesario. Pero de no perderlo en cosas importantes, porque en tonterías, nos pasamos las horas muertas... Si es que no puede ser, hombre ya...

Y nunca aprenderán a escribir una frase decente, con sus tildes y sus cosas, porque en los sms no hacen falta... Es que ni siquiera hacen falta las vocales, o sea que... Sólo es necesaria la "k", que se utiliza en casi todo lo que se escribe. "k" por aquí, "k" por allí... "k ya sabs k t kiero"... Por lo menos, la gente no ha dejado de ser cariñosa, ¿no?

Y es que, lo del móvil es otra historia. Bueno, ¿qué digo? Es la misma historia. La misma historia de dependencia. Ni se te ocurra salir a la calle sin él, no vaya a ser que alguien te llame. Y no vayas a bajar a por el pan sin llevar el móvil en el bolsillo, ¿eh? Por favor, ¿y si recibes una llamada importantísima en esos dos minutos? Y es que, si te das cuenta de que no lo llevas encima porque se te ha olvidado encima de la mesa, el estado de estrés y de ansiedad que vives hasta que vuelves a por él, no se puede describir.
Desde luego, hay gente que debería llevarlo incrustado en un oído. Conozco a más de uno que debería, sí...

Y cuando alguno de estos aparatitos se rompen (porque no todo dura eternamente) y lo tienes que llevar para que lo arreglen, tu vida se para y deja de ser lo que era... Aunque sólo sea un día, vamos. -"¿Qué hago yo ahora? Ay, Dios mío. Que estoy sin msn... ¿Y si alguien quiere decirme algo importante?"-. Y tienes la necesidad imperiosa de conectarte donde sea, aunque el ordenador no sea tuyo. Ná, simplemente para comprobar que nadie se acuerda de ti, porque no tienes ni un dichoso correo en la bandeja de entrada y no hay nadie conectado... A mí me pasa... Y eso que yo no hace ni dos años que tengo ordenador, y sólo cinco que tengo móvil (porque cuando hice la Primera Comunión, no se estilaba que te regalasen un teléfono de última generación ni nada parecido).
Pero a pesar de todo, ya forman parte de mi vida, como si siempre los hubiese tenido... ¿Qué esperabas? Se acostumbra una muy pronto a las cosas. Y es que, hay que reconocer, que enciendes el ordenador y se te abre el mundo entero en la pantalla. Nunca será igual que conocerlo saliendo a él, evidentemente, pero a veces, puede valer...

Frasecilla célebre del día: "No es que no entendamos a los ordenadores. Son ellos los que no nos entienden a nosotros". (CH. G)