
Me he dado cuenta de que siempre buscamos la aprobación. Todo lo que hacemos y todo lo que decimos tiene un fin específico, y la persona que tenemos enfrente tiene que saber valorarlo o apreciarlo, porque de lo contrario se corre el riesgo de cometer un error.
Sí. Se corre el riesgo de perder la confianza, de perder la complicidad, de perder la comunicación... Incluso, de perder la amistad. Y, es que, estoy convencida de que las amistades nunca se pierden de golpe. Ni siquiera de un día para otro... Se van deteriorando poco a poco hasta que ya no tienen remedio. Seguramente, por detalles que no gustan y molestan, pero que no se aclaran ni se hablan, y se van acumulando.
Y es que, suele pasar que, por muy bien que intentemos hacer las cosas, siempre nos equivocamos. Intentamos agradar a todo el mundo, cuando todos sabemos y es perfectamente evidente, que eso es imposible. Y por supuesto, fracasamos.
Lo que es realmente triste es que, para vernos, tengamos que mirarnos con los ojos de los demás. Lo ideal sería ser siempre nosotros mismos, sin importarnos lo que el resto del mundo pudiera pensar. Hacer lo que creemos que es mejor, sin pensar en que vamos a tener a media humanidad detrás de nosotros, recriminándonos todos nuestros actos... Vamos, hacer lo que se supone que tenemos que hacer, sin pararnos a pensar en que después vamos a ser objeto de halagos y cumplidos o, por el contrario, de críticas y juicios. Sí, porque está claro, que hagamos lo que hagamos, nunca vamos a acertar. O lo que es peor: Hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente y siempre esperan más... Siempre exigen más...
El problema es que, desde siempre, desde que nacemos, nuestra educación se ha ido basando en la aprobación. Siempre hemos necesitado que las personas más allegadas a nosotros, nos dijeran lo bien que habíamos hecho las cosas. Y, claro, ya no las hacemos porque estén bien o porque sea así como se deben hacer, no. Las hacemos esperando no decepcionar o no defraudar a la familia, a los amigos, a los profesores, a los jefes (!)... Sin embargo, ya ha quedado bastante claro que nunca acertamos.
Y, cuando yo fui consciente de que nunca podría acertar con todo el mundo, decidí que por lo menos, intentaría acertar conmigo, y hacer las cosas como yo las creyera oportunas. Sí, tal y como me las dictase el corazón, la conciencia, la moral... Mis principios... Pero claro, entonces, me tacharon de egoísta, de "borde", de estúpida o de "ir a mi bola". ¿Ves? Si la cuestión era no acertar, ¿qué le vamos a hacer?
Personalmente, estoy cansada de todo esto. Y no es cansancio físico, qué va. Es cansancio emocional. Pero, cansancio al fin y al cabo. Lo que pasa es que el cansancio físico es más fácil de mitigar. Se descansa y punto. Pero con el cansancio emocional no es tan sencillo. A veces cuesta superarlo y quizás sólo se consiga en parte. Nunca se llega de nuevo al cien por cien de estabilidad y de equilibrio. Y es que, si siempre haces las cosas bien, ya no te puedes permitir el lujo de tener un mal día y fallar. No, porque sólo se darán cuenta del momento en el que te equivoques, y lo que hayas hecho hasta ese día, no le importará a nadie. Es cierto, cuando te pasas la vida intentando hacer las cosas bien, nadie se da cuenta y nadie lo valora. Sólo reparan en el día que tienes un mal momento y sale algo mal. Entonces a nadie se le olvidará jamás. ¿Es o no es para cansarse?
Frasecilla célebre del día: "Para que la gente te quiera, tienes que hacer siempre las cosas bien. Para que te odien, no hay que hacer absolutamente nada". (H.J.S.)

