Pues sí. Aquí estoy. En la lanzadera... Y es que hoy he lanzado un misil. Todavía puedo ver la estela que ha dejado y oír cómo silba mientras viaja hacia su destino. Sí, porque yo no tiro petardos para llamar la atención. Yo directamente tiro misiles.
A ver... En esta guerra que todos libramos y que es la vida, luchamos siempre. Algunas veces, contra el resto del mundo, y la mayoría de las veces, contra nosotros mismos. Es una lucha continua y diaria. Y somos nosotros los únicos que podemos luchar por aquello que queremos o necesitamos, usando todas las armas que tengamos a nuestro alcance.
Lo que suele pasar es que, a veces, nos resulta difícil saber qué es lo que realmente queremos, qué es lo que realmente nos hace felices, o qué es lo que realmente nos hace menos daño. A veces, simplemente se nos ha olvidado qué cosas son las importantes, y nada nos cuadra. O lo que es peor, nos puede el orgullo, el odio y el rencor, y nos impide ver la simpleza de las cosas.
Y ahí está la cuestión, porque cuando no sabemos lo que necesitamos, nos agobiamos, nos puede el desasosiego y no sabemos salir de ahí. Pero cuando por fin logramos averiguarlo, cuando lo conseguimos de una vez, todo se hace más fácil. Todo aparece con la claridad y nitidez que necesitábamos para verlo.
Y es entonces cuando hay que moverse, cuando hay que volver a la guerra nutridos con toda la logística y toda la intendencia de que disponemos...
Digamos que el misil que he enviado hoy ha sido parte de esa logística. Sí, porque sé que nunca estaría lista para llevar un cinturón adosado a mi cuerpo e inmolarme en la puerta de la embajada. Aunque fuese una explosión de confetis y fuegos artificiales... Pero no. Seguramente, porque tengo miedo a no saber lo que me voy a encontrar, y puede que lo de apretar el botón sólo fuera el menor de mis males.
Quizás, sólo quizás, el misil se encargue de allanar el camino y limpie las malas hierbas que encuentre a su paso. Sí, ésas que han crecido descontroladamente, invadiéndolo todo. Quizás, el camino se convierta en un camino de rosas...
Porque con este misil sé que no habrá daños directos ni daños colaterales. Al contrario... Y es que, en el último minuto antes de lanzarlo, he tenido ese momento de lucidez "visionaria" del que hablaba antes, y he conseguido verlo todo claro. Así que lo he desmontado y he desarmado su podrida cabeza nuclear. Seguramente, habría hecho demasiados destrozos, imposibles de reconstruir después...
En su lugar he puesto miles de rosas blancas. Sí, rosas que ni siquiera yo sabía que habían florecido... Pero sí, sí que lo habían hecho. Estaban allí, en un rincón del huerto, intentando sobresalir por encima de los cardos y las ortigas que las rodeaban, y que los asquerosos no hacían otra cosa que procurar ocultarlas para que yo no las viera...
Pero las he visto. Y cuando las he visto, he comprendido que siempre habían estado allí. Que en ningún momento habían dejado de estar... Sólo esperaban con paciencia a que yo las descubriera...
Así que, sí, mi misil va rebosante de flores blancas. Evidentemente, algunas se quedarán por el camino, pero con que una sola llegue al final del trayecto, ya será una gran victoria.
No sabré con exactitud el momento en el que llegue a su destino, eso lo sé, pero ya no me importa. Ya no...
(Gracias, amiga mía, por la explicación "desde el otro lado" y por la última conversación a través de la ventana)
Frasecilla célebre del día: "Martí me habló de la amistad y creo en él cada día..." (Silvio Rodríguez).
