Que a mí no me gustan las bodas lo saben hasta en la China. Vamos, vamos, que toda la gente que me conoce tiene eso más claro que yo, vaya. Pero ea, que algunas veces no tengo más remedio que acudir a una. Compromisos ineludibles a los que no se puede, ni por supuesto, se debe faltar.
Pues eso, el viernes estuve en una. Se casaba una amiga a la que conozco desde hace casi 30 años. Ahí es ná. Vamos, desde nuestra más tierna infancia, cuando sus padres y los míos salían juntos, y nos íbamos a echar los domingos al pantano con las familias.
La amiga a la que, en nuestra adolescencia, yo acompañaba al kiosco a comprarse la Super-Pop, y después me regalaba todos los pósters y fotografías de Michael Jackson que traía. Luego siempre íbamos a sentarnos a cualquier escalón estratégico a leerla, porque sabíamos que el niño que a ella le gustaba tenía que pasar por allí...
Ayyy, quién nos ha visto y quién nos ve... :)
Pues tengo que decir que, a pesar de que los bodorrios y yo somos enemigos íntimos, me encantó la boda de mi amiga. Y además, de verdad.
Me encantó el restaurante donde se celebró la ceremonia y el banquete. Sí, allí en tó mitad del Sacromonte. Típico barrio granadino, donde se respira flamenco en cada esquina, en cada casa, en cada cueva... Y que para nuestro deleite, está justo enfrente de la Alhambra.
Que a mí no me pillan subiendo con mi coche por esas calles ni jarta de vino. Pero vaya, que el sitio está genial no me lo va a negar nadie. Y si no, que venga alguien y se atreva...
Me encantó el cura, que nada más empezar a hablar, confesó que se había equivocado de nombre en el acta matrimonial, y había puesto el nombre del hermano del novio. Vamos, que por un instante, mi amiga se iba a casar con su cuñado y no con su novio.
Me encantó cuando habló de las vistas que teníamos desde allí; que los que estamos acostumbrados a ver esas cosas, ya no las valoramos tanto y no llegan a emocionarnos de la misma manera. Que deberíamos ser siempre como los niños pequeños, con esa ilimitada capacidad de sorprenderse ante las maravillas de la vida.
Y yo pensé que debo ser una cría aún, porque todavía me emociono y disfruto con cada atardecer o simplemente mirando la Alhambra...
Me encantaron las lecturas, porque no todo fueron citas de la Biblia, como suele ser lo habitual (-"En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles..."-), sino que también hubo versos de poetas andaluces y estrofas de las canciones de Sabina. Porque no lo he dicho, pero hasta la invitación de boda, donde se nos indicaba el día, el sitio y la hora, traía una cita de Sabina.
"Apenas llegó, se instaló para siempre en mi vida. No hay nada mejor que encontrar un amor a medida..." Me encantó la hermana de la novia, que no encontraba el sitio, se perdió y llegó tarde a la ceremonia. Tanto que cuando le tocaba leer a ella, el cura no hacía nada más que hablar y hablar, dándole tiempo para ver si llegaba.
Y sí, sí, llegó. Y cuando la criatura se fue al atril y se dirigió a nosotros, lo dijo:-"Buenas tardes a todos. Llego tarde... Las cosas del directo, ya sabéis"-.
Me encantó el novio, al que yo no conocía, y al que me presentaron ya después de cenar y de la tarta de piononos. Y que si hace tan feliz a mi amiga, porque a ella se le nota lo feliz que es con él, pues definitivamente él ya es un muy mejor amigo mío pa siempre también.
Me encantó el padrino, hermano menor de la novia, que tiene síndrome de Down y que es un muchacho genial. Lo conozco prácticamente desde que nació.
Y me encantó la madrina, sobrina y ahijada del novio, que a sus 16 años estaba nerviosita perdía ante tal evento. Imaginaos la historia: madrina y ahijado, padrino y ahijada, todo junto en sólo dos personas.
Y me encantó que el primer baile de los novios no fuese el típico vals. Eso ya está pasado de moda y lo sabemos todos. Los novios abrieron pista con una canción de Sabina, como no podía ser de otra manera, por supuesto. :D
¡Que seáis muy muy felices, porque os lo merecéis!
Me encanta observar el cielo. Imagino que lo sabéis porque ya lo he repetido hasta la saciedad. Soy más cansina...
Pero es que en verano me gusta mucho más. Me subo a la terraza a eso de las doce de la noche (que además, siempre apetece, porque el calor en mi habitación es insoportable), para simplemente, observar las estrellas.
Creo que he sido una astrónoma frustrada toda la vida. Quizás por eso, el interés que siempre ha despertado en mí el Universo, las constelaciones y las estrellas, ha hecho que me haya leído todo lo que ha caído en mis manos sobre el tema.
Y claro, a estas alturas de existencia, cuando miro el cielo en una noche estrellada, (y si puede ser, sin luna), soy capaz de reconocer sin dificultad todas las constelaciones que se ven, y decir el nombre de las estrellas más importantes de cada una.
Sí, han sido muchos años leyendo planisferios y acabando con dolor de cuello, buscando el dibujo en el cielo.
Pero es que es genial, porque desde la escalera de mi terraza, y mirando hacia el norte, se distingue perfectamente la Osa Mayor. Y se ve tal que así...
Y si miro a su izquierda, veo a Boyero, con su gigante roja llamada Arturo. Además, que sí, que brilla la joía de verdad, y eso, que es roja.
Y a la izquierda de Boyero está Hércules. Y en medio de las dos, la Corona Boreal, esa especie de media luna que se ve ahí.
Y justo en lo alto de mi cabeza, en el cénit, está la constelación de Lira, que es una especie de rombo, y en ella, la estrella más brillante del cielo de verano: Vega. Ya os digo que se ve perfectamente en un cielo despejado.
Y me encanta Casiopea, que es una "W", por encima de la Osa Mayor, un poco a su derecha. Y en medio de estas dos, la famosa Osa Menor, con su famosa Estrella Polar, que nos señala el norte geográfico.
...
Uff, subirme a la terraza y dedicarme a mirar las estrellas ya os digo que es un momento mágico para mí. Y como además, es en agosto cuando más estrellas fugaces se ven por la noche (porque por el día es más difícil), pues aprovecho y ya pido deseos. ¿Por qué no?
Además, la noche del 12 de agosto es la lluvia de Perséidas, también llamadas Lágrimas de San Lorenzo. Y eso sí que es un espectáculo digno de ver. Os lo aconsejo, vaya.
Me encanta el cielo. Me encanta en verano. Y me encanta en invierno. Porque es que resulta que mi constelación favorita, no se puede ver ahora, en estos meses. ¡Cachisenlamar!
Está por debajo del horizonte en esta época del año, y me tengo que esperar hasta el invierno para poder verla.
Sí, Orión es la constelación que más me gusta. Y no sabría decir exactamente por qué. Aunque bueno, quizás sea porque fue la primera constelación que yo descubrí en el cielo, cuando empecé a alucinar en colores con las estrellas y esas historias.
Quiero decir, que fue la primera constelación con la que yo solica fui capaz de dibujar sus líneas y reconocer las estrellas. De eso hace ya más de 25 años.
Y os parecerá mentira, pero recuerdo el preciso momento en el que, mirando el cielo, se me fue dibujando sola la constelación. Ahí, ya flipé. Porque apareció el dibujo en el cielo sin darme ni cuenta... -"¡Coño, que está ahí!"-.
Así que, sí, fue la primera. Y claro, imagino que pasa como con el primer amor, que no se olvida tan fácilmente, ¿eh?
Pues eso, que mi primer amor fue Orión.
:)
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Primer Aniversario del Cuaderno 26.07.09
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