viernes, 30 de junio de 2017

Valientes

Bueno, a ver... Ya sabéis que en esta casa donde vivo, a ratos nos dedicamos a acoger animalitos para que intenten salir adelante mientras son pequeños, vulnerables e indefensos. 


Os recuerdo a la pequeña Lea, que apenas estuvo un mes con nosotros; al Pollito, que resultó ser niña; al Canijo, que estuvo dos años siendo el rey de la casa, y alguno más del que no me dio tiempo a hablar...

La pequeña Lea - Noviembre 2015

El Pollito - Mayo 2014

El Canijo - Octubre 2011

Inquilino de paso - Enero 2013

Este año hemos vuelto a recoger un gorrioncillo. Pero sólo por unas horas. Y es que, cuando tienen que aprender a volar, pueden caer en cualquier sitio. Y eso, que uno cayó en el balcón.

A ver... Hemos aprendido a dejarlos en paz porque los padres siempre están alrededor, revoloteando para animarlos a continuar en su vuelo sin motor. Y eso hacemos. Dejarlos a su bola. 

Es verdad que da cosica dejarlos en mitad de la calle, aunque sepamos que sus padres están cerca. Lo más que hacemos es cogerlos y ponerlos en algún jardín que haya al lado, porque sabes a ciencia cierta que los coches pasan y no tienen miramientos con las criaturas.

Pero eso, que esta vez el gorrioncillo en cuestión cayó en el balcón. Y cuando dan las dos de la tarde, el balcón es un horno. Empieza a dar el sol mortal granaíno y ya no deja de dar allí en toda la tarde. 
No tuvimos más remedio que cogerlo y meterlo dentro del piso, darle agua e intentar que comiera algo. Volvimos a buscar la caja de zapatos en el trastero y lo tuvimos toda la noche con nosotros.
No abrió el pico para nada. Angelico, estaba todo asustado.

Gorrioncillo - Junio 2017

A la mañana siguiente lo sacamos al balcón, y tardó cero coma en saltar fuera de la caja y liarse a piar llamando a sus padres. Y los padres tardaron cero coma en responder a la llamada y venir volando al balcón.
Fue bonito el reencuentro, sí.
Y sí, se lo llevaron con ellos, animándolo a lanzarse a la calle volando. 

Y pensé que son muy valientes. Valientes los pollitos, porque se lanzan a volar sin tener ni idea, confiando en sus padres que los animan a ello; y valientes los padres, que saben lo complicado que es que lo consigan y que pierden muchos polluelos por el camino.

Pero claro, es su vida, es su condición, es lo que tienen que hacer, está codificado en su ADN, y por supuesto, no pueden hacer otra cosa.


domingo, 25 de junio de 2017

Ya son ocho

Ocho años ya, quién lo diría...
Y a pesar de todo, inmortal.





lunes, 12 de junio de 2017

Cuando te hinchan la vena

Me pregunto por qué hay profesores malafollás que les dicen a sus alumnos que no van a aprobar su asignatura ni en un millón de años. O que les dicen que nunca van a llegar a nada en la vida. Que minan su confianza y que les hacen sentirse unos inútiles, y que nada vale la pena.

Será que hay profesores muy subiditos que no tienen otra manera de conseguir que los chiquillos aprueben. Digo yo. O será que están hasta las narices de su profesión y dejan salir la frustración a raudales y de esa manera tan ruin y tan cruel.

No sé. Yo sólo sé que demasiadas veces he tenido clase con una de mis criaturas, de 16 ó 17 años, que se ha echado a llorar delante de mí porque su profe le ha suspendido un examen en junio y le ha dicho (antes de la recuperación, dicho sea de paso), que no le va a aprobar la asignatura. 

Y yo, que he visto a esa criaturica esforzándose durante todo el curso, estudiando, haciendo ejercicios, poniendo todo el interés del mundo, y aprobando sus exámenes parciales, me pregunto cómo se le puede decir una cosa así porque haya suspendido el examen global. Está claro que para animarle, desde luego, no. 

Es que me indigno, coñio.

Te dan ganas de ir a ostiar al profesorzucho de turno y decirle:-"¿Eres tonto o bailas con la música del telediario? Tú no eres profe ni eres ná. Bueno, un truño es lo que eres"-. 
Porque sí, porque yo me paso el curso entero diciéndoles a los críos que el esfuerzo siempre vale la pena. Que lo van a conseguir mientras sigan ahí, intentándolo a muerte. Que pueden hacer cualquier cosa que se propongan. Que no se rindan, que yo sé que pueden... Vamos, lo que viene siendo el efecto Pigmalión bien entendido.

Y me mata que un/una imbécil eche por tierra todo eso que yo les digo, soltándoles una lapidaria frase que no hace nada más que hundirlos cuando más falta hace que los animen. 

No lo entiendo. No lo entenderé nunca y me revienta el higadillo tener que verlo tantas veces.

Está claro que el Señor Miyagi tenía razón.