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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Contra un muro

"Los palos y las piedras rompen mis huesos, pero las palabras no pueden herirme".

Menuda trola más grandísima, vaya. Estoy convencida de que todos sabéis que las palabras te pueden destrozar tantísimo por dentro, y de tal manera, que nunca se podrá comparar a un hueso roto. 

Cuando te rompen el corazón, cuando te parten el alma, la herida queda ahí para siempre. Y si esas palabras asesinas vienen de alguien que nunca hubieras imaginado, el dolor es tan grande que cuesta superarlo.
Una palabra inapropiada de alguien impensable tiene más filo que la mejor de las espadas.



Tengo un amigo que lo ha sufrido ahora. Dice que no tiene ganas de nada, que está apático. Y yo sé lo que es: Es la decepción. La decepción que te produce alguien al que habías defendido a capa y espada. Alguien por el que habrías puesto la mano en el fuego y descubres que te la habrías quemado sin remisión. Alguien que te ha mentido descaradamente a la cara cuando tú confiabas ciegamente en él.

Casualidades de la vida que ese alguien es la misma persona que me decepcionó a mí hace ya diez años. Se ve que es su "modus operandi", y el cabr*ón se dedica a eso en su vida: A decepcionar una y otra vez a la gente que le rodea. Aunque él piense que es perfecto en su forma de hacer y de decir las cosas, lo que es en realidad es un mierdecilla, que de hombre sólo tiene la fachada.
¡Cuchi! Y seguro que es él el que se siente ofendido cuando las gentes dejamos de hablarle, "no sabemos por qué"... 

Y se lo dije a mi amigo:-"Sé exactamente cómo te sientes, porque yo he pasado por ahí. Te lo conté en su día pero no quisiste ni planteártelo, porque no podías pensar que él pudiera ser así. Y ahora te ha tocado a ti. No sabes cuánto lo siento, porque sé lo mucho que duele..."-.

A mí me lo habían advertido. Yo se lo había advertido a él... Pero aquí no aprendemos hasta que no somos nosotros mismos los que nos estampamos contra el muro.

lunes, 29 de mayo de 2017

Os cuento la última...

San Antón es una calle emblemática de Graná, llena de bares, de tiendas y de vida a todas horas... 
Sube desde el río Genil hasta la calle Recogidas, que por cierto, es otra de las más emblemáticas de la ciudad.


En la calle San Antón hay un hotel que ya está cerrado, y que fue el lugar que elegimos para celebrar nuestra Cena Fin de Carrera cuando acabamos. Han pasado ya unos cuantos años, sí.


Y en la calle San Antón lo mismo te encuentras a Lucas Alcaraz entrando a comprar chuches a unos chinos, como te encuentras a un pajillero muy entretenido a las tres de la tarde, dale que te pego al manubrio. 

Sí, gente sí, hay un pajillero en la ciudad. Por lo que he oído, no es nuevo para la policía porque ésta tiene constancia de su existencia. Pero eso, que yo no lo sabía. Yo me he enterado en el último mes, que lo he visto ocho o diez veces. Siempre en el mismo sitio, siempre a las mismas horas. Es lo que tiene que yo tenga que pasar por esa calle todos los días.

Se pone en una galería de las que atraviesan San Antón a Acera del Darro o en el portal de algún piso, con un jersey de cuello alto tapándole la boca y unas gafas de sol tapándole los ojos. Se saca la "cosita" y allí está, esperando a que pase la gente y le mire escandalizá, para que él pueda darse un homenaje.

Cuando yo paso, lo hago olímpicamente. Quiero decir que no le miro. Que sé que está ahí, pero eso, que no le doy el gustillo de mirarle. El tío lo intenta. Hace ruido con una bolsa o carraspea, buscando que le mire. Pero eso, que no.
Me planteo que a esas horas salen los críos del colegio de más abajo, y pasan por allí para volver a sus casas. Se ve que al tío asqueroso eso le da igual.

La semana pasada me pilló con el día cabreao. Fue la última vez que le he visto, también es verdad. Así que, algo es algo. 
Sí, porque cuando pasé por la calle, allí estaba el tío en la acera de enfrente, con su jersey negro de siempre tapándole media cara, y con su pilililla de siempre en la mano. 
No pude evitarlo y le hice el gesto.


No. No le sentó bien. De hecho, salió del portal con tó el pellejillo colgando sin esconderlo ni ná, y se fue por la acera calle abajo para adelantarme y meterse en otra galería a seguir con su tarea. Y ya le tuve que decir:-"Pos a lo mejor llamo a la policía. ¿Te apetece, picha-corta?"-.

No. Se ve que tampoco le apeteció, porque enseguida desapareció de allí. Y eso, que ya no le he visto desde entonces. Igual en un arrebato salvaje, se quedó con la minga en la mano y ya no puede jugar con ella como lo hacía antes. Yo qué sé... Ahora que ya voy con el móvil preparado para hacerle una foto y gritarle:-"¡Te van a conocer en todos los rincones de la tierra, jomío! ¡Hasta tu madre te va a ver en el feisbu y/o/u mi blog!"-...

Desde luego, menuda fauna. Estamos rodeados de descerebrados y de gente tocá de la aceituna, ¿eh? Porque es que, muy normal esto no es. 
O mira, quizás sea la primavera, quién sabe...
:)



lunes, 9 de abril de 2012

Ese dichoso desequilibrio


Estoy convencida de que las circunstancias en las que nos movemos, nos hacen cambiar a diario. Y de hecho, es necesario hacerlo porque hay que evolucionar con las historias y lidiar con los momentos que nos toca vivir.  Hay que aprender, y para ello, hay que cambiar...
Vamos, que sí, que me he dado cuenta de que hace veinte años había cosas que ni me las planteaba, y ahora, pues sí que sí. Y no pasa nada. Estoy segura de que es algo normal. 

Lo que ya no me parece bueno del todo es dejar de ser un@ mism@. Se puede cambiar, sí, pero sin perder las formas, los principios, la educación o el respeto, ¿no? Vamos, que se puede ser una persona coherente y equilibrada, aunque cambiemos un poco cada día. También de eso estoy convencida.

Vale. Pues hace un par de meses yo perdí todo mi equilibrio de golpe. Así, tal cual. Nunca antes, en toda mi vida, lo había perdido de esa manera. Y es que, por un dichoso momento me desorienté, me desubiqué y me quedé sin saber quién era yo. Me perdí...
Y eso es jodido. No me había pasado nunca antes en todos mis años de existencia. Es como si llevara toda la vida segura, convencida, sabiendo quién soy, sabiendo lo que hago y sabiendo cómo me ve el resto del mundo; y de pronto y sin venir a cuento, todo eso se viniera abajo de un plumazo.

Y la cuestión es que ni siquiera fue por mí. Me encontré ajena a todo eso que me venía de fuera y sin avisar. Es que no hice absolutamente nada para perder ese equilibrio en el que me llevo moviendo desde que nací, porque sé a ciencia cierta que perder el equilibrio no es nada recomendable.

Fue alguien el que me arreó un mazazo tan grande, con algo que ni siquiera era verdad, el que consiguió que se tambaleara todo mi mundo, todo lo que pienso y todo lo que soy... 
Porque si ésa es la impresión que le he dado a alguien, aunque haya sido a una sola persona, para mí la cosa no puede ser peor. Y porque además, es todo tan puñeteramente injusto, que a ratos pienso que raya el surrealismo total... 
Por eso imagino que nadie es capaz de entenderme realmente, y ya ni intento comentarlo en voz alta con nadie. Escribirlo sí. Escribirlo siempre es terapéutico. Es como hablar conmigo misma.

... Pues eso, que dos meses después, aún no he conseguido que el suelo deje de moverse bajo mis pies. Pensaba que sería más fácil, pero no... Y no es que haya dejado de ser yo, que para que alguien consiga eso tiene que echar alguna que otra solicitud y que además, le llegue aprobada. Pero sí que estoy en una especie de "stand-by", intentando recomponerlo todo poco a poco...